Porque no va de títulos, va de actualización.
La formación inicial fue un punto de partida, no de llegada
La carrera nos dio una base. Una base importante, necesaria y valiosa para empezar. Pero la formación inicial nunca estuvo pensada para sostener una carrera profesional de décadas sin actualización.
Quien se formó hace años no es “menos docente” por ello. Lo que sí sería un problema es pensar que esa formación es suficiente para responder a una realidad educativa que ya no es la misma.
Educar hoy no es educar como antes. Y eso no es una crítica al pasado, es una constatación del presente.
Un aula que ya no es la misma
El alumnado de hoy no aprende, se relaciona ni vive como el de hace 20 años. Convive con pantallas, redes sociales, inteligencia artificial, sobreestimulación, diversidad cultural, realidades emocionales complejas y un acceso constante a la información.
La escuela también ha cambiado:
– se habla de inclusión real
– de DUA
– de evaluación formativa
– de metodologías activas
– de competencia digital
– de bienestar emocional
– de pensamiento crítico
– de ética tecnológica
Pretender afrontar todo esto solo con lo aprendido hace décadas es cargar al docente con una responsabilidad imposible.
La experiencia es valiosa, pero no suficiente por sí sola
La experiencia en el aula enseña mucho. Muchísimo.
Pero la experiencia sin reflexión ni actualización puede convertirse en repetición. En rutina. En “siempre se ha hecho así”.
No porque el docente no quiera mejorar, sino porque nadie le enseñó que formarse no termina al obtener un título.
La experiencia suma cuando se acompaña de formación continua. Cuando se revisa, se cuestiona y se pone al día.
Formarse no es un ataque a la profesionalidad
A veces, hablar de actualización genera resistencias. Como si formarse implicara reconocer que “no sabes” o que “lo has hecho mal”. Y no es así.
Formarse es una muestra de responsabilidad profesional.
Es asumir que la educación es un campo vivo, cambiante y exigente.
Nadie cuestiona que un médico, un arquitecto o un ingeniero se actualicen constantemente. En educación debería ocurrir lo mismo.
Porque educar hoy requiere competencias que antes no se necesitaban.
El verdadero riesgo: no querer revisarse
El problema no es haberse formado hace 20 años.
El problema es no querer revisar la práctica 20 años después.
Cuando se rechaza toda novedad, toda reflexión o toda formación, no se protege la educación. Se la congela. Y una educación congelada deja de responder al alumnado real.
Actualizarse no significa seguir modas ni cambiarlo todo. Significa tener criterio para decidir qué cambiar, qué mantener y qué adaptar.
La formación continua como parte del rol docente
Dar clase hoy implica aceptar que formarse es parte del trabajo. No un añadido. No un extra voluntario. Una responsabilidad profesional.
Formarse en:
– metodologías
– inclusión
– evaluación
– tecnología
– bienestar emocional
– comunicación
– liderazgo pedagógico
No para saber más, sino para educar mejor.
Preparados… si seguimos aprendiendo
La pregunta no debería ser si quienes acabaron la carrera hace 15, 20 o 25 años están preparados para dar clase hoy.
La verdadera pregunta es:
¿estamos dispuestos a seguir aprendiendo para poder hacerlo?
Porque la educación no necesita docentes perfectos ni recién graduados.
Necesita docentes conscientes, actualizados, críticos y comprometidos con su tiempo.
Y eso no depende del año en que terminamos la carrera, sino de la actitud con la que seguimos ejerciendo.
Educar hoy exige algo claro:
no dejar nunca de aprender.
Mireia Portero | Ganadora de los Premios Educa Abanca a Mejor Docente de España en Educación No Formal