¿Qué recordarán realmente nuestros alumnos dentro de diez años?

Quienes nos dedicamos a la educación dedicamos muchas horas a preparar clases. Diseñamos actividades. Planificamos unidades didácticas. Elaboramos materiales. Pensamos cómo evaluar.

Buscamos estrategias para que los contenidos sean significativos.

Todo ello forma parte de nuestra profesión.

Pero, de vez en cuando, merece la pena detenerse y hacerse una pregunta.

¿Qué recordarán realmente nuestros alumnos dentro de diez años?

Probablemente no será la página concreta de un libro de texto.

Ni la fecha de un examen.

Ni la ficha que completaron un martes cualquiera.

Sin embargo, hay otras cosas que sí suelen permanecer.

Y, curiosamente, muchas veces no aparecen en ninguna programación.

Las personas recuerdan cómo se sintieron

Cuando preguntamos a un adulto por algún profesor que marcó su vida, rara vez comienza hablando de un contenido.

Habla de una conversación.

De una oportunidad.

De una palabra de ánimo.

De alguien que creyó en él cuando ni siquiera él mismo lo hacía.

Los aprendizajes importantes suelen estar unidos a una emoción.

Por eso, aunque el currículo sea imprescindible, la manera en que acompañamos a nuestro alumnado también deja una huella profunda.

Una mirada puede cambiar una historia

A veces pensamos que transformar una vida exige realizar grandes proyectos.

Sin embargo, la educación está llena de pequeños momentos aparentemente insignificantes.

Un «sé que puedes conseguirlo».

Un «gracias por intentarlo».

Un «me gusta cómo has resuelto este problema».

Una conversación después de clase.

Una oportunidad para volver a empezar.

Son gestos sencillos.

Pero pueden convertirse en recuerdos que acompañen a una persona durante muchos años.

Porque todos necesitamos sentir que alguien confía en nosotros.

Los proyectos se olvidan. Lo que aprendimos gracias a ellos, no.

Con el paso del tiempo es posible que un alumno no recuerde el nombre de un proyecto de aprendizaje.

Quizá tampoco recuerde todas las actividades que realizó.

Pero sí puede recordar cómo se sintió trabajando en equipo.

La ilusión de presentar una idea.

La satisfacción de superar un reto.

La confianza que ganó al hablar en público por primera vez.

El orgullo de descubrir que era capaz de hacer algo que nunca había imaginado.

Las experiencias permanecen mucho más que los detalles.

También recordarán cómo resolvíamos los conflictos

Los docentes enseñamos mucho más de lo que explicamos.

Nuestro alumnado observa cómo reaccionamos cuando algo no sale bien.

Cómo escuchamos.

Cómo gestionamos un desacuerdo.

Cómo pedimos disculpas.

Cómo tratamos a las personas.

Cómo celebramos los logros de los demás.

Todo ello también educa.

Y, en muchas ocasiones, deja una huella más profunda que cualquier contenido curricular.

La verdadera evaluación llega muchos años después

Existen pruebas.

Calificaciones.

Informes.

Indicadores.

Todos ellos son necesarios para conocer el progreso académico.

Pero hay una evaluación mucho más silenciosa.

La que ocurre años después.

Cuando un antiguo alumno recuerda un momento vivido en la escuela y comprende que aquello influyó en la persona que es hoy.

Ese tipo de aprendizaje no aparece en ningún boletín de notas.

Pero quizá sea uno de los más importantes.

Educar es dejar huellas

Ningún docente puede recordar todas las clases que ha impartido.

Del mismo modo, ningún alumno recordará todas las actividades que realizó durante su etapa escolar.

Y eso es completamente normal.

Lo verdaderamente importante es que, entre todos esos días aparentemente iguales, existan momentos que dejen una huella positiva.

Momentos en los que alguien se sintió escuchado.

Valorado.

Respetado.

Capaz.

Porque esos recuerdos son los que, con frecuencia, terminan acompañando a las personas durante toda la vida.

Quizá esa sea nuestra mayor responsabilidad

Como docentes, dedicamos mucho esfuerzo a enseñar contenidos.

Y debemos seguir haciéndolo.

Pero quizá también convenga recordar que educar significa mucho más que transmitir conocimientos.

Significa crear oportunidades.

Despertar curiosidad.

Ofrecer confianza.

Acompañar procesos.

Y ayudar a que cada alumno descubra capacidades que todavía no sabe que posee.

Dentro de diez años, probablemente nuestros alumnos no recordarán todas las explicaciones que escucharon en clase.

Pero es muy posible que recuerden cómo les hicimos sentir.

Y esa, quizá, sea una de las enseñanzas más importantes que podemos dejar.

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Mireia Portero | Ganadora de los Premios Educa Abanca a Mejor Docente de España en Educación No Formal

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