No suelen hacerlo por obligación. Lo hacen por compromiso.
Pero incluso el compromiso tiene un límite.
Cuando siempre son los mismos
En educación hablamos mucho del trabajo en equipo. Sin embargo, en la práctica, no siempre todos los equipos funcionan de la misma manera.
A veces, de forma casi imperceptible, se genera un reparto desigual de las responsabilidades. Hay personas que acaban liderando la mayoría de iniciativas, impulsando los cambios, coordinando proyectos o resolviendo las urgencias del día a día, mientras otras adoptan un papel más pasivo.
No siempre ocurre por falta de implicación. En ocasiones influyen la experiencia, la confianza, las habilidades o la propia organización del centro.
Pero cuando esa dinámica se mantiene en el tiempo, puede acabar generando desgaste.
El compromiso no debería convertirse en una carga
Las personas comprometidas rara vez dicen que no.
Disfrutan aportando, mejorando procesos y haciendo que las cosas funcionen. Sin embargo, cuando el compromiso se convierte en la razón por la que siempre reciben una responsabilidad más, deja de ser un reconocimiento para convertirse en una carga.
Y eso tiene consecuencias.
Aparece el cansancio. La sensación de que el esfuerzo pasa desapercibido. La dificultad para desconectar. Incluso la pérdida de ilusión por proyectos que antes generaban entusiasmo.
No porque haya desaparecido la vocación, sino porque nadie puede sostener indefinidamente el peso de un equipo.
Los equipos también necesitan equilibrio
Un buen equipo no es aquel donde unas pocas personas hacen mucho.
Es aquel donde cada miembro encuentra la manera de aportar desde sus fortalezas.
No todas las contribuciones tienen que ser iguales, pero sí es importante que exista una percepción de justicia y corresponsabilidad.
Cuando las responsabilidades se distribuyen de forma equilibrada, también se reparte el aprendizaje, crece la autonomía y aumenta el sentimiento de pertenencia.
En cambio, cuando siempre recurrimos a las mismas personas, sin darnos cuenta también estamos limitando el crecimiento del resto del equipo.
Liderar también significa repartir oportunidades
Desde los equipos directivos existe una responsabilidad que a veces pasa desapercibida: observar cómo se distribuyen las tareas.
No solo para evitar la sobrecarga de quienes siempre responden, sino también para ofrecer oportunidades de participación a quienes todavía no han encontrado su espacio.
Liderar no consiste únicamente en conseguir que las cosas salgan adelante.
También implica cuidar a las personas que las hacen posibles.
Porque un proyecto sostenible necesita equipos sostenibles.
Aprender a decir que no
Existe otra reflexión igual de importante.
Las personas más comprometidas también necesitan aprender a poner límites.
Aceptar que no pueden estar en todo no significa perder implicación. Significa proteger aquello que les permite seguir disfrutando de su profesión.
Decir que no, en determinados momentos, también es una forma de cuidar el proyecto colectivo.
Porque si quienes más sostienen un centro terminan agotándose, pierde toda la comunidad educativa.
Cuidar el compromiso para que no se apague
La escuela necesita personas comprometidas. Siempre las necesitará.
Pero también necesita organizaciones capaces de reconocer ese compromiso, distribuir las responsabilidades con equilibrio y generar espacios donde todos puedan implicarse.
El objetivo no debería ser encontrar a quienes siempre estén dispuestos a asumir una tarea más.
El verdadero reto es construir equipos en los que nadie tenga que sostener el peso del centro en solitario.
Porque cuando el compromiso se cuida, inspira.
Pero cuando se da por hecho, acaba desgastando.
Y una escuela que cuida a quienes la hacen posible está cuidando, al mismo tiempo, la educación que ofrece.
Mis reflexiones también están recogidas en Google Scholar y ORCID.
Mireia Portero | Ganadora de los Premios Educa Abanca a Mejor Docente de España en Educación No Formal