Cuando el entusiasmo se convierte en exigencia

Hay docentes que siempre están dispuestos a ayudar. Que aceptan nuevos proyectos. Que colaboran cuando hace falta. Que proponen ideas. Que buscan soluciones antes incluso de que aparezcan los problemas.

Su compromiso suele ser reconocido y valorado.

Pero, en ocasiones, ese mismo compromiso acaba convirtiéndose en una expectativa permanente.

Y es entonces cuando el entusiasmo deja de ser una elección para convertirse en una exigencia.

El riesgo de hacerlo siempre

En todos los centros educativos hay personas que, de manera natural, asumen responsabilidades con ilusión.

No lo hacen para recibir reconocimiento.

Lo hacen porque creen en lo que hacen.

Porque disfrutan contribuyendo.

Porque sienten que pueden aportar.

Sin embargo, cuando alguien responde siempre con un «sí», es fácil que el entorno deje de verlo como un gesto voluntario y empiece a considerarlo algo habitual.

Lo excepcional acaba convirtiéndose en lo esperado.

La confianza también puede generar sobrecarga

Con frecuencia, las nuevas responsabilidades no llegan por imposición.

Llegan porque otras personas confían en nosotros.

«Seguro que tú puedes hacerlo.»

«Contigo saldrá bien.»

«Tú tienes experiencia.»

Son frases que nacen desde el reconocimiento.

Pero, cuando se repiten de forma constante, también pueden convertirse en una fuente de presión.

No porque exista mala intención.

Sino porque, poco a poco, se normaliza que siempre sean las mismas personas quienes asuman más tareas.

Compromiso no significa disponibilidad ilimitada

Existe una idea muy extendida en educación.

Pensar que un buen docente siempre está disponible.

Siempre participa.

Siempre colabora.

Siempre acepta nuevos retos.

Sin embargo, el compromiso profesional no debería medirse por la cantidad de responsabilidades que una persona es capaz de acumular.

Ser un buen profesional no implica decir sí a todo.

También significa saber priorizar.

Proteger el tiempo necesario para preparar las clases.

Para acompañar al alumnado.

Para reflexionar sobre la propia práctica.

E incluso para descansar.

Porque cuidar de uno mismo también forma parte del ejercicio responsable de la profesión.

Aprender a poner límites

Poner límites no es dejar de implicarse.

Es decidir de forma consciente dónde podemos aportar más valor.

Aceptar todas las responsabilidades no siempre beneficia al centro.

En ocasiones, también impide que otras personas tengan la oportunidad de asumir nuevos retos, desarrollar competencias o descubrir capacidades que todavía no habían puesto en práctica.

Repartir responsabilidades fortalece a los equipos.

Concentrarlas siempre en las mismas personas termina debilitándolos.

El liderazgo también consiste en repartir oportunidades

Los equipos educativos crecen cuando el liderazgo se distribuye.

Cuando el talento no depende únicamente de unas pocas personas.

Cuando las responsabilidades se comparten.

Cuando existe confianza para delegar.

Y cuando cada profesional encuentra espacios para contribuir desde sus fortalezas.

Si siempre recurrimos a quienes sabemos que responderán, quizá estemos resolviendo el presente, pero también limitando el crecimiento del equipo en el futuro.

Cuidar el entusiasmo también es una responsabilidad

El entusiasmo es uno de los grandes motores de la educación.

Es el que impulsa proyectos.

El que contagia ilusión.

El que hace posible seguir innovando incluso en momentos difíciles.

Pero ningún entusiasmo es inagotable.

Necesita tiempo.

Necesita reconocimiento.

Necesita equilibrio.

Y necesita comprender que implicarse no significa renunciar al propio bienestar.

Porque cuando el entusiasmo se convierte en obligación, pierde parte de la fuerza que lo hacía tan valioso.

Seguir disfrutando de la profesión

La educación necesita docentes comprometidos.

Con iniciativa.

Con ganas de aprender.

Con ilusión por mejorar.

Pero también necesita profesionales capaces de cuidar su energía para poder seguir enseñando con la misma pasión dentro de unos años.

Quizá el verdadero compromiso no consista en aceptar todas las responsabilidades que aparecen.

Quizá consista en saber elegir aquellas en las que realmente podemos aportar nuestro mejor trabajo, sin olvidar que una profesión tan vocacional como la docencia también necesita equilibrio.

Porque solo quien consigue cuidar de su propio entusiasmo puede seguir inspirando el de los demás.

Para acceder a todos mis perfiles, puedes visitar mi Linktree.

Mireia Portero | Ganadora de los Premios Educa Abanca a Mejor Docente de España en Educación No Formal

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