Clases.
Reuniones.
Evaluaciones.
Entrevistas con familias.
Formaciones.
Proyectos.
Correos electrónicos.
Incidencias que aparecen sin previo aviso.
La lista parece no terminar nunca.
Sin embargo, quizá convenga detenerse un momento y preguntarnos si vivir permanentemente con la sensación de urgencia nos está ayudando a construir una educación de mayor calidad.
O, por el contrario, nos está impidiendo dedicar tiempo a aquello que realmente importa.
Estar ocupado no siempre significa avanzar
Existe una diferencia importante entre hacer muchas cosas y avanzar.
Podemos terminar una jornada con la sensación de no haber parado ni un minuto.
Haber respondido decenas de correos.
Asistido a varias reuniones.
Resuelto pequeños problemas.
Preparado materiales.
Organizado actividades.
Y, aun así, tener la sensación de que seguimos exactamente en el mismo lugar.
Porque la actividad constante no siempre genera progreso.
En ocasiones, simplemente nos mantiene ocupados.
La urgencia también condiciona nuestras decisiones
Cuando todo parece urgente, dejamos de distinguir qué es realmente importante.
Las decisiones se toman con menos tiempo para reflexionar.
Los proyectos se diseñan pensando en llegar a la fecha prevista.
Las reuniones buscan resolver cuestiones inmediatas.
Y las conversaciones que requieren calma quedan pospuestas para otro momento.
Poco a poco, la urgencia se convierte en la forma habitual de trabajar.
Y dejamos de cuestionarla porque pensamos que «siempre ha sido así».
La educación necesita tiempo
Aprender necesita tiempo.
Innovar necesita tiempo.
Trabajar en equipo necesita tiempo.
Escuchar a un alumno necesita tiempo.
Acompañar a una familia necesita tiempo.
Reflexionar sobre la propia práctica necesita tiempo.
Sin embargo, precisamente esas tareas suelen ser las primeras que sacrificamos cuando la agenda se llena.
Porque no generan una urgencia visible.
Pero sí tienen un enorme impacto a largo plazo.
La prisa también educa
Aunque no seamos conscientes, el ritmo con el que trabajamos transmite un mensaje al alumnado.
Si siempre vivimos acelerados.
Si respondemos deprisa.
Si no encontramos espacio para escuchar.
Si resolvemos todo corriendo.
También estamos enseñando una manera de relacionarse con el trabajo y con las personas.
La escuela no solo enseña contenidos.
También transmite una cultura.
Y esa cultura se construye, entre otras cosas, a partir del ritmo que vivimos cada día.
No todo merece la misma velocidad
En ocasiones confundimos rapidez con eficiencia.
Pero no todas las decisiones necesitan tomarse inmediatamente.
Ni todos los proyectos requieren el mismo nivel de prioridad.
Aprender a diferenciar entre lo urgente y lo importante es una competencia esencial para cualquier organización.
También para los centros educativos.
Porque cuando todo tiene la máxima prioridad, en realidad nada la tiene.
Liderar también significa proteger el tiempo
Una de las responsabilidades del liderazgo educativo consiste en crear espacios donde sea posible pensar.
Donde las reuniones tengan un propósito claro.
Donde los equipos puedan planificar con antelación.
Donde exista margen para reflexionar antes de decidir.
Y donde el profesorado pueda dedicar tiempo a aquello que aporta verdadero valor al aprendizaje.
Proteger el tiempo no significa trabajar menos.
Significa trabajar con mayor intención.
Avanzar no siempre implica hacer más
A veces pensamos que mejorar un centro educativo consiste en incorporar nuevos proyectos cada curso.
Más iniciativas.
Más programas.
Más actividades.
Sin embargo, también existe otra forma de avanzar.
Consolidar aquello que ya funciona.
Simplificar procesos.
Eliminar tareas que ya no aportan valor.
Dar continuidad a los proyectos.
Dedicar tiempo a mejorar lo que ya hacemos.
Porque crecer no siempre significa añadir.
En muchas ocasiones, significa aprender a priorizar.
Quizá la mejor decisión sea bajar el ritmo
Vivimos en una sociedad que valora la velocidad.
Responder antes.
Terminar antes.
Hacer más.
Pero la educación tiene unos tiempos diferentes.
Necesita conversación.
Escucha.
Observación.
Reflexión.
Presencia.
Quizá no podamos eliminar todas las urgencias del día a día.
Siempre existirán imprevistos.
Siempre habrá momentos de mayor intensidad.
Pero sí podemos preguntarnos si queremos que la prisa sea la cultura que defina nuestros centros.
Porque una escuela no mejora por hacer cada vez más cosas.
Mejora cuando consigue dedicar más tiempo a aquello que realmente transforma el aprendizaje y las personas.
Para acceder a todos mis perfiles, puedes visitar mi Linktree.
Mireia Portero | Ganadora de los Premios Educa Abanca a Mejor Docente de España en Educación No Formal