PISA: más allá de las puntuaciones, ¿qué nos está diciendo el alumnado?

Cada vez que se publican los resultados de PISA, las cifras ocupan titulares durante unos días. Subimos o bajamos posiciones, comparamos países, hablamos de matemáticas, lectura y ciencias y rápidamente aparece la necesidad de encontrar una explicación. Pero quizá el valor de un informe como PISA no esté únicamente en saber cuántos puntos obtiene un país.

También está en las preguntas que esos datos deberían provocar.

El informe PISA 2025 vuelve a situar sobre la mesa una realidad que merece nuestra atención. En España, el alumnado de 15 años obtuvo una media de 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 485 en ciencias. En matemáticas y lectura los resultados descendieron respecto a 2022, mientras que en ciencias se mantuvieron aproximadamente estables. Además, los resultados de 2025 se encuentran entre los más bajos registrados en España en las tres áreas.

Son datos que preocupan.

Pero una puntuación no explica por sí sola qué está ocurriendo en las aulas.

Un descenso que merece ser comprendido

Entre 2022 y 2025, España perdió 16 puntos en matemáticas y 23 en lectura. El descenso no es exclusivamente español: la OCDE también registra una caída importante en el rendimiento medio de sus países, especialmente en matemáticas y lectura. De hecho, la organización señala que en 2025 se alcanzaron los promedios más bajos registrados hasta ahora en estas dos áreas en el conjunto de la OCDE.

Esto es importante porque nos obliga a evitar explicaciones demasiado sencillas.

No estamos ante un problema que pueda atribuirse automáticamente a una única metodología, a una herramienta tecnológica concreta o a una generación de estudiantes.

La realidad educativa es mucho más compleja.

Y precisamente por eso necesitamos mirar los datos con calma.

Saber leer es mucho más que leer palabras

Uno de los datos que más debería hacernos pensar tiene que ver con la comprensión lectora.

En España, el 68 % del alumnado alcanzó al menos el nivel 2 de competencia lectora, frente al 69 % de media de la OCDE. Sin embargo, únicamente el 2 % alcanzó los niveles más altos, frente al 6 % de media de la OCDE. Estos niveles superiores implican, entre otras capacidades, comprender textos largos, trabajar con conceptos abstractos y distinguir entre hechos y opiniones utilizando información implícita.

Esto nos recuerda algo fundamental.

Enseñar a leer no consiste únicamente en conseguir que un alumno pueda descodificar correctamente un texto.

Leer significa comprender, relacionar, interpretar, cuestionar y construir significado.

Y en una sociedad saturada de información, esta competencia resulta todavía más importante.

También necesitamos enseñar a pensar con los datos

Algo parecido sucede con las matemáticas.

El 67 % del alumnado español alcanzó al menos el nivel 2 de competencia matemática, ligeramente por encima del 65 % de media de la OCDE. Sin embargo, solo un 4 % alcanzó los niveles 5 o 6, frente al 8 % de media de la OCDE.

La cuestión, por tanto, no debería ser únicamente cuánto contenido matemático recuerda nuestro alumnado.

También deberíamos preguntarnos qué hace con aquello que sabe.

¿Es capaz de interpretar una situación?

¿Puede plantear un problema?

¿Sabe comparar estrategias?

¿Puede justificar una decisión?

¿Es capaz de utilizar las matemáticas para comprender situaciones de la vida real?

La propia definición de competencia matemática de PISA pone el foco precisamente en utilizar las matemáticas para formular, aplicar e interpretar problemas en diferentes contextos.

El reto no es elegir entre innovación y enseñanza tradicional

Cuando aparecen malos resultados educativos, resulta tentador buscar una explicación rápida.

Quizá sean las pantallas.

Quizá la inteligencia artificial.

Quizá las metodologías activas.

Quizá la falta de esfuerzo.

Quizá los cambios curriculares.

Pero la educación no funciona mediante relaciones tan simples.

Una metodología no garantiza por sí misma un aprendizaje profundo. Una herramienta digital tampoco. Y una clase tradicional no garantiza automáticamente que el alumnado comprenda mejor.

La pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿qué está haciendo cognitivamente el alumno mientras aprende?

Puede estar utilizando una tableta y pensar profundamente.

Puede estar trabajando en un proyecto y limitarse a copiar información.

Puede escuchar una explicación y construir conexiones complejas.

Puede realizar una actividad aparentemente innovadora sin haber comprendido aquello que debía aprender.

La clave no está únicamente en la forma externa de la actividad.

Está en la calidad del aprendizaje que se produce.

El mundo digital también forma parte del informe

PISA 2025 incorpora, además, una novedad especialmente relevante para nuestro momento educativo: la evaluación del aprendizaje en el mundo digital.

Se ha estudiado la capacidad del alumnado para resolver problemas mediante medios digitales y su capacidad para autorregular su aprendizaje en entornos digitales. España obtuvo 499 puntos en resolución computacional de problemas, prácticamente en línea con la media de la OCDE, situada en 500 puntos.

Este dato abre una cuestión que considero especialmente importante.

No podemos preparar al alumnado para el futuro simplemente dándole acceso a más tecnología.

Tenemos que enseñarle a pensar utilizando la tecnología.

A contrastar información.

A tomar decisiones.

A resolver problemas.

A utilizar herramientas digitales con criterio.

Y también a saber cuándo una herramienta puede ayudarle y cuándo puede estar dificultando su propio aprendizaje.

La inteligencia artificial vuelve a plantearnos la misma pregunta

La llegada de la inteligencia artificial está acelerando todavía más este debate.

Ahora podemos pedir a una herramienta que redacte, resuma, traduzca, genere imágenes, explique conceptos o proponga soluciones en cuestión de segundos.

Pero precisamente por eso, quizá la educación tenga que prestar todavía más atención a aquello que una herramienta no debería hacer por nosotros.

Pensar.

Argumentar.

Contrastar.

Decidir.

Crear.

Cuestionar.

La pregunta educativa ya no puede ser únicamente si el alumnado utiliza inteligencia artificial.

Tenemos que preguntarnos para qué la utiliza y qué aprendizaje está construyendo mientras la utiliza.

Hay un dato que también merece nuestra atención

Los resultados académicos no son la única información interesante del informe.

En España, el 77,2 % de los estudiantes afirma que le gusta aprender cosas nuevas en la escuela, frente al 68,8 % de media de la OCDE. Además, el 78,5 % afirma que le gusta saber cómo funcionan las cosas, frente al 74 % de media de la OCDE.

Estos datos me parecen especialmente interesantes.

Porque detrás de las puntuaciones hay algo que no deberíamos perder de vista: la curiosidad.

El deseo de comprender.

Las ganas de descubrir.

Quizá una de nuestras responsabilidades como docentes sea conseguir que esa curiosidad no desaparezca a medida que avanzan los años de escolarización.

No necesitamos alumnos que solo sepan responder

Necesitamos alumnos capaces de hacerse preguntas.

Que sepan buscar información y valorar si es fiable.

Que puedan enfrentarse a un problema para el que no existe una solución inmediata.

Que sean capaces de cambiar de opinión cuando aparecen nuevas evidencias.

Que sepan explicar por qué han tomado una decisión.

Que puedan utilizar lo que han aprendido en contextos diferentes.

Porque el mundo en el que vivirán no les preguntará únicamente cuánto recuerdan de lo que estudiaron en la escuela.

Les pedirá que utilicen ese conocimiento.

PISA no debería cerrar el debate, sino abrirlo

Los resultados de PISA 2025 son una llamada de atención, pero no deberían convertirse en una sentencia sobre la educación.

No explican por sí solos todo lo que ocurre en nuestras aulas.

Tampoco ofrecen una receta única para mejorar los resultados.

Lo que sí hacen es mostrarnos algunas señales que merece la pena analizar: el descenso en matemáticas y lectura, el aumento respecto a 2015 del alumnado que se sitúa por debajo del nivel 2, la baja proporción de estudiantes que alcanza los niveles más altos y los retos relacionados con la comprensión profunda y la resolución de problemas.

Ante estos datos, quizá no necesitemos más enfrentamientos entre modelos educativos.

Necesitamos más reflexión.

Más observación de lo que ocurre realmente en las aulas.

Más formación docente conectada con las necesidades reales.

Más tiempo para analizar qué funciona y qué no.

Y, sobre todo, más capacidad para revisar nuestras propias decisiones.

Quizá la pregunta más importante sea otra

PISA volverá a ofrecernos cifras dentro de unos años.

Volveremos a comparar resultados.

Volveremos a hablar de rankings, tendencias y puntuaciones.

Pero mientras tanto, cada día habrá millones de estudiantes entrando en las aulas.

Y ahí es donde se produce realmente la educación.

En cada lectura que conseguimos que un alumno comprenda.

En cada problema que aprende a resolver.

En cada pregunta que se atreve a formular.

En cada error que utiliza para mejorar.

En cada ocasión en la que descubre que aprender no consiste en repetir una respuesta, sino en comprender el mundo un poco mejor.

Los resultados de PISA importan.

Pero quizá deberían servirnos menos para buscar culpables y más para hacernos preguntas.

Porque una buena educación no se construye intentando obtener una determinada cifra en un informe.

Se construye ayudando a cada alumno a desarrollar las herramientas que necesitará para pensar, aprender y participar en un mundo que cambia constantemente.

Y quizá ese sea el verdadero reto que tenemos delante.

No enseñar para el próximo informe.

Sino educar para toda la vida.

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Mireia Portero | Ganadora de los Premios Educa Abanca a Mejor Docente de España en Educación No Formal

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