Tras una primera etapa marcada por la curiosidad, la experimentación y también por la desconfianza, la IA dejará de ser una novedad para convertirse en una herramienta cotidiana. En ese momento, el foco ya no estará en “usar IA”, sino en saber cuándo tiene sentido hacerlo y cuándo no. El criterio pedagógico será más importante que la herramienta en sí.
En 2026, uno de los grandes retos será educativo y ético. Aprender a convivir con la IA implicará trabajar aspectos como el pensamiento crítico, la autoría, la privacidad y la responsabilidad. El alumnado deberá aprender a utilizarla como apoyo, no como sustituto del razonamiento propio, entendiendo que no todo lo que genera una máquina es necesariamente válido, justo o adecuado.
Esto se traducirá en nuevas preguntas en el aula:
- cuándo la IA ayuda a aprender y cuándo genera dependencia
- qué significa crear en un contexto donde una máquina puede generar contenidos
- cómo evaluar procesos y no solo resultados
- qué límites debemos poner como comunidad educativa
Lejos de restar importancia al rol docente, la IA lo reforzará. En un contexto cada vez más automatizado, el valor del profesorado estará en aquello que no se puede programar: la lectura del contexto, el acompañamiento emocional, la capacidad de adaptar, de escuchar y de dar sentido. El docente seguirá siendo quien diseña experiencias, guía procesos y educa en valores.
La formación permanente será clave. No todos los centros ni todos los docentes avanzarán al mismo ritmo, y eso puede generar nuevas desigualdades. La diferencia no estará entre usar o no usar IA, sino entre hacerlo con reflexión y hacerlo sin criterio educativo.
En definitiva, la IA no decidirá cómo será la educación en 2026. Lo harán las decisiones que tomemos hoy. La tecnología avanzará rápido, pero la educación debe avanzar con conciencia, sentido y humanidad.
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